Yo corría, lo más fuerte que podía hasta llegar a la micro que se encontraba estacionada, como si estuviera esperándome, en una esquina.
Me había escapado de mi casa tras una fuerte y reveladora discusión familiar, y había convencido a mi hermano para que engañara a mi papá, y así poder conseguir las llaves de la reja, para que yo pudiera salir sin mayores inconvenientes. Pero un padre no es tonto, y mis pies no alcanzaron a estar fuera del patio cuando escuché su voz. Yo me estaba escapando y el me permitió hacerlo.
Llegué a la micro y le rogué al chofer, entre llantos y gritos, que partiera.
-¡Me escapé de la casa, mi papá viene. Vayase por favor!. Sin embargo, mi papá ya habia vuelto a cruzar el umbral de la entrada, con una rabia incontrolable.
La micro prendió sus motores, los que no lograron calmar mi angustia. No lloraba por miedo a que mi padre me siguiera, sino por miedo a que no lo hiciera; miedo a desepcionarlo. Ya lo estaba haciendo.
Yo lloraba, desconsolada, con suspiros similares a los de la chilindrina. El chofer me hablaba de sus experiencias como padre, de los errores que se cometen a veces y me aconsejaba regresar cuando todo se calmara. Yo escuchaba sin oír, sólo miraba mi reloj; las once de la noche, ¿Cómo mierda llegaré al centro, a encontrarme con mi pololo? Mi mejor y más fiel e incondicional complice.
Bajo de la micro cerca de una estación de metro, la cual y como era de esperarse, estaba cerrada. Tendré que tomar una micro que se vaya por la alameda, cerca de media noche, sola y con nada más que una mochila llena de ropa.
No importa. Seguiré con mi desición aunque me cueste algunos riesgos.
Subí, pagué y me senté; acomodé mi bolso y me dediqué a llorar. Sólo lloraba, sin comprender aún de dónde sale tanta lágrima. Lloraba porque mi padre nunca me lo perdonará... lloraba por haber cometido el peor error de mi vida.
Mientras mis lágrimas mojaban mi polera, y mis mocos desbordaban el obstáculo de mis dedos, el caballero que viajaba sentado a mi lado me miraba. Yo me puse nerviosa, pensando en las consecuencias que podría tener esta asaña.
Repentinamente me preguntó, como analizando los litros de mucosidades y lágrimas que brotaban de mi rostro: ¿Tan malo es?
Yo lo miré confundida y le cuenté lo que ha ocurrido. El introdujo una mano en su bolsillo y extrajo un pañuelo, seguro de que eso aliviaría un poco mi mojada situación. Gracias, le dije, y comienza con un monólogo sobre la familia, los padres y los errores. Yo escuché agradecida.
Ya habia llegado. Después de agradecer la amabiliadad de mi acompañante de viaje, descendí de la micro, mientras mi angustia aumentaba a cada segundo. Miro al frente y ahí estaba, esperándome junto a una estación de metro cerrada, en medio de una peligrosa calle. Ese fue mi alivio, pues su abrazo calmó mis miedos, mi angustia y mi rabia, dejándome caer entre sus brazos, callendo en un estado similar a la hipnósis, ya que recuerdo vagamente lo ocurrido después.
Desperté al otro día con los ojos hinchados y junto a una tasa de café en la almohada y a la mirada compasiva y preocupada de mi guardián. Ese fue el primer día de fuga.
0 comentarios:
Publicar un comentario