¡Pero si hay que elegir algo que sea mejor para nosotros, para la universidad!, o no, ¡elegir algo que salga de ella, pero de ayuda social!
Pues claro, en las ocho opciones que figuraban en la papeleta de voto para elegir los presupuestos participativos de la FECh, en la Universidad de Chile, sólo uno de ellos contemplaba algún tipo de ayuda a los animales, en medio de otros de tendencia social muy buenos, por cierto.
-¡Yo elegiría el de los veterinarios!- dije, y las reacciones de mis amigas fueron homogéneas. -¡Pero es que no puedes comparar a un ser humano con un animal!- (seguro el ser humano es un vegetal, pensé). -¡hay que preocuparse de los niños, los vagabundos…no de los perros- sentenciaron.
Yo observaba sus declaraciones con una rabia desbordante, hasta que la Ori calmó los ánimos diciendo: pero bueno, esa es lo que ella quiere, chiquillas.
Éramos cinco personas discutiendo, y sólo yo consideré (o por lo menos lo manifesté) la opción de un proyecto, en el que veterinarios de la Chile, pedían aporte financiero de la federación de estudiantes de la universidad, para acudir y apoyar a perros en cierta ciudad del país. Es sólo un proyecto entre ocho opciones, que al parecer, tampoco recibiría mucha acogida entre los estudiantes.
Me impactó el grado de antropocentrismo moderno de mis amigas, y sólo pude decir, levantando un poco la voz (algo raro en mí): Okay, de nosotras cinco, que una se preocupe de los animales es una buena proporción. Y la discusión no continuó.
Ahora que he reflexionado la incómoda situación, pienso: uno de cinco y uno de ocho ¡es una proporción de mierda! ¿Cómo será esta misma si la elevamos a la proporción social?
Obviamente el ser humano tiene un valor supremo ante otros seres vivos, pero eso lo decimos porque, precisamente, somos seres humanos.
Somos animales, al igual que los perros, pero nos diferencia nuestro enorme y desarrollado cerebro, nuestra capacidad de razonar, anticipar, crear, reflexionar, deducir, empatizar, sintetizar, nuestro dedo gordo a modo de pinzas, gracias al cual podemos escribir y crear todas esas útiles cosas que hemos ingeniado, así como tantas otras maravillas humanas.
Sin embargo, y a pesar de ser la especie más desarrollada, es también la más imbécil y destructiva; la que no sólo destruye el planeta, paradójicamente, con el fin extraer beneficios para sí mismos, sabiendo que en sólo unos años más, no quedará nada de él (¿de qué sirve entonces nuestra exclusiva capacidad de anticipar?), sino que también ha exterminado a todo ser, incluso, los de su misma especie.
Somos los únicos seres del reino animal que razonan, pero hemos usado y abusado, desde siempre, de la razón para matar, maltratar, exterminar, dañar y causar sufrimiento a todo el que sea diferente a nosotros.
Hemos golpeado y abandonado a los animales; los observamos, inconmoviblemente, todos los días, sentir hambre. Les hemos quitado todos sus territorios y espacios, los que les pertenecen a ellos desde tiempos ancestrales; los hemos destruido en todos los sentido posibles, y para colmo, sentimos asco, repulsión, los discriminamos y los odiamos (hablando a modo general de la raza humana, por supuesto).
Esa es la raza más perfecta del mundo, y sólo una de cinco personas es capaz de comprenderlo, e intentar hacerse cargo, con un mísero proyecto (que también es minoría entre los proyectos), de la crueldad del ser humano; la especie a la cual pertenecemos, de la que debemos sentir orgullo, como también desilusión y vergüenza.
Porque uno de cinco, definitivamente, no es suficiente; mucho menos uno de ocho. Ya que nadie pretende quitarle el pan a un niño para dárselo a un perro. Se trata de respetarlos como seres vivos; como seres que aún viven pese a nuestra crueldad y destrucción.
De que, al contrario del ser humano, ellos no piensan, no razonan y no pueden valerse por si mismos en una ciudad, llena de humanos insensibles (mucho menos los animales que el mismo ser humano ha domesticado, sin hacernos cargo de eso tampoco). Ellos son diferentes, ya que no piensan, pero afortunadamente no destruyen al nivel que lo hacemos nosotros.
Y más aún. Cuando un judío se acerca a un alemán, sabiendo todo lo ocurrido durante la primera mitad del siglo XX, quizás ya no habrá odio ni temor entre ellos, pero seguramente, nunca harán lo que hace un perro al cual sólo se le ha entregado cariño.
Porque a pesar de que nuestra especie ha mermado a la suya, cuando abro la puerta de mi casa, siempre está ahí; moviendo incansablemente su cola, esbozando lo que yo creo es una sonrisa y saltando en busca de una caricia a cambio de nada. Demostrándome el más puro e irrazonable amor que existe en este mundo (precisamente porque no razonan). Ya que aunque yo lo torture, el saludo de mi perro siempre será el mismo.
Pues claro, en las ocho opciones que figuraban en la papeleta de voto para elegir los presupuestos participativos de la FECh, en la Universidad de Chile, sólo uno de ellos contemplaba algún tipo de ayuda a los animales, en medio de otros de tendencia social muy buenos, por cierto.
-¡Yo elegiría el de los veterinarios!- dije, y las reacciones de mis amigas fueron homogéneas. -¡Pero es que no puedes comparar a un ser humano con un animal!- (seguro el ser humano es un vegetal, pensé). -¡hay que preocuparse de los niños, los vagabundos…no de los perros- sentenciaron.
Yo observaba sus declaraciones con una rabia desbordante, hasta que la Ori calmó los ánimos diciendo: pero bueno, esa es lo que ella quiere, chiquillas.
Éramos cinco personas discutiendo, y sólo yo consideré (o por lo menos lo manifesté) la opción de un proyecto, en el que veterinarios de la Chile, pedían aporte financiero de la federación de estudiantes de la universidad, para acudir y apoyar a perros en cierta ciudad del país. Es sólo un proyecto entre ocho opciones, que al parecer, tampoco recibiría mucha acogida entre los estudiantes.
Me impactó el grado de antropocentrismo moderno de mis amigas, y sólo pude decir, levantando un poco la voz (algo raro en mí): Okay, de nosotras cinco, que una se preocupe de los animales es una buena proporción. Y la discusión no continuó.
Ahora que he reflexionado la incómoda situación, pienso: uno de cinco y uno de ocho ¡es una proporción de mierda! ¿Cómo será esta misma si la elevamos a la proporción social?
Obviamente el ser humano tiene un valor supremo ante otros seres vivos, pero eso lo decimos porque, precisamente, somos seres humanos.
Somos animales, al igual que los perros, pero nos diferencia nuestro enorme y desarrollado cerebro, nuestra capacidad de razonar, anticipar, crear, reflexionar, deducir, empatizar, sintetizar, nuestro dedo gordo a modo de pinzas, gracias al cual podemos escribir y crear todas esas útiles cosas que hemos ingeniado, así como tantas otras maravillas humanas.
Sin embargo, y a pesar de ser la especie más desarrollada, es también la más imbécil y destructiva; la que no sólo destruye el planeta, paradójicamente, con el fin extraer beneficios para sí mismos, sabiendo que en sólo unos años más, no quedará nada de él (¿de qué sirve entonces nuestra exclusiva capacidad de anticipar?), sino que también ha exterminado a todo ser, incluso, los de su misma especie.
Somos los únicos seres del reino animal que razonan, pero hemos usado y abusado, desde siempre, de la razón para matar, maltratar, exterminar, dañar y causar sufrimiento a todo el que sea diferente a nosotros.
Hemos golpeado y abandonado a los animales; los observamos, inconmoviblemente, todos los días, sentir hambre. Les hemos quitado todos sus territorios y espacios, los que les pertenecen a ellos desde tiempos ancestrales; los hemos destruido en todos los sentido posibles, y para colmo, sentimos asco, repulsión, los discriminamos y los odiamos (hablando a modo general de la raza humana, por supuesto).
Esa es la raza más perfecta del mundo, y sólo una de cinco personas es capaz de comprenderlo, e intentar hacerse cargo, con un mísero proyecto (que también es minoría entre los proyectos), de la crueldad del ser humano; la especie a la cual pertenecemos, de la que debemos sentir orgullo, como también desilusión y vergüenza.
Porque uno de cinco, definitivamente, no es suficiente; mucho menos uno de ocho. Ya que nadie pretende quitarle el pan a un niño para dárselo a un perro. Se trata de respetarlos como seres vivos; como seres que aún viven pese a nuestra crueldad y destrucción.
De que, al contrario del ser humano, ellos no piensan, no razonan y no pueden valerse por si mismos en una ciudad, llena de humanos insensibles (mucho menos los animales que el mismo ser humano ha domesticado, sin hacernos cargo de eso tampoco). Ellos son diferentes, ya que no piensan, pero afortunadamente no destruyen al nivel que lo hacemos nosotros.
Y más aún. Cuando un judío se acerca a un alemán, sabiendo todo lo ocurrido durante la primera mitad del siglo XX, quizás ya no habrá odio ni temor entre ellos, pero seguramente, nunca harán lo que hace un perro al cual sólo se le ha entregado cariño.
Porque a pesar de que nuestra especie ha mermado a la suya, cuando abro la puerta de mi casa, siempre está ahí; moviendo incansablemente su cola, esbozando lo que yo creo es una sonrisa y saltando en busca de una caricia a cambio de nada. Demostrándome el más puro e irrazonable amor que existe en este mundo (precisamente porque no razonan). Ya que aunque yo lo torture, el saludo de mi perro siempre será el mismo.
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