Alto y delgado. Moreno a estas alturas del año. Pelo corto y de un color negro diferente a cualquier otro. Brazos largos y relativamente musculosos. Viste jeans desgastados, zapatillas deportivas y sus amadas poleras de una banda gringa agro metal. Un deportista, un corredor de maratones, un combatiente de las artes marciales, un ciclista, un jugador de videojuegos compulsivo, un adolescente en plena edad del pavo...un soñador, el esfuerzo y la perseverancia personificados.
Todo un hombre por donde lo miren, pero su carita de niño nadie me la quita de la cabeza.
Es mi hermano. Mi hermanito. Ese niño por quien secretamente me desvivo, aunque nadie lo crea. Un niño que ya no es tan niño, pero que para mi lo sigue siendo. Ese mismo niño que me tironeaba el pelo a los diez años; con quien nos gritabamos y peleabamos; ese mismo niño que catapulté de un solo salto sobre una cama, cayendo sobre una cómoda y causándole unos cuantos pares de puntos en su pequeña cabecita de seis años.
Es el mismo niño lleno de problemas y de dudas, las que son celosamente escondidas tras un rostro alegre que juega mirando una pantalla de computador. Un niño que mata soldaditos todo el día con su "maus" aniquilador, pero que luego entra a mi pieza mientras yo estudio, me sonríe, me besa en la cara y se va, sin decir nada.
Ese niño, ese hermano que tengo a mi lado, es mi adoración. No lo demuestro pues no sé cómo. No se lo digo, pues no sé decirselo. No lo ayudo pues no sé hacerlo.
Espero, algún día, encontrar la manera de hacerle ver, que de una u otra forma, yo he estado en su vida, en cada paso. Hacerle ver que el es más que el hermano molestoso. Hacerle ver y sentir cuánto, cuánto, pero es que cuánto Lo Admiro y Amo.
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