Cuando sonó mi teléfono y vi su rostro en la pantalla, estaba felíz.
Corrí al segundo piso -donde hay más señal que en el resto de la casa- a contestar.
- ¡Hola mi amor!, dije enérgicamente, pero una voz tímida me contesta:
- Hola amor... eee...¿cómo llego al Hospital Salvador?
Aún no logro explicarme las sensaciones que se experimentan en situaciones como estas. No temí por mi mamá, ni por mi padre ni por nadie de mi familia, temí por él.
- ¿Qué pasó?, respondo preocupada, con un dolor de estómago impresionante.
- Mi mamá... tuvo un accidente. Todavía no sé nada. No sé qué pasó.
Ahí comprendí una parte de lo que tanto me costó entender. Ahi vi reflejado, en mí misma, una de esas manifestaciones que suelen surgir en situaciones como estas. Ahí me di cuenta, que si bien hay ciertos acuerdos de lo que es el amor en general, nadie lo sabe con certeza; nadie puede juzgar los sentimientos; nadie puede precisar qué es lo que siento.
Cuando escuché a ese hombre, que más que ser mi compañero durante tres años; que más ser un amigo incondicional; que más que haber sido motivos de rabias y penas... un hombre que a pesar de los problemas...cuando lo escuché sufriendo en silencio, supe que lo que sentía en mi estomago, no puede ser nada más que amor. Sí. Lo amo... ahora lo confirmo y aseguro con más ímpetu que hacer tres años.
0 comentarios:
Publicar un comentario